Eneida

Eneida

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reposan por el prado. Le rodea la flor de sus guerreros.

Él, fatigado, jadeante, busca alivio a su cuello y deja suelto por el pecho

el caudal de su peinada barba. Pregunta muchas veces por su Lauso,

le manda constantes mensajeros para que lo devuelvan a su lado

840 y le lleven recados de la angustia de su padre.

Pero en esto sus mismos compañeros

sollozando le traían a Lauso exánime, tendido en el pavés, al corpulento Lauso

abatido por una enorme herida. Reconoce de lejos el gemido

845 su alma que presentía la desgracia y mancilla sus canas con puñados de polvo

y tiende sus dos manos hacia el cielo, y aferra con los brazos su cuerpo:

«¡Hijo mío, tan gran ansia de vivir se apoderó de mí que he consentido

te enfrentaras por mí a la espada enemiga, tú a quien yo di la vida!

¡Ay, esa herida tuya le ha salvado la vida a tu padre que vive por tu muerte!

¡Ay, triste de mí, ahora es cuando empiezo a sentir la amargura del destierro!


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