Eneida
Eneida 850 ¡Ahora sí que la herida cala en lo hondo! Yo he manchado, hijo mío,
con deshonor tu nombre, ¡yo a quien, aborrecido,
han echado del trono y el cetro de mis padres!
Antes debí pagar la pena merecida a mi patria y al odio de los míos.
¡Ojalá hubiera sometido esta vida culpable a cualquier género de muerte!
855 ¡Y vivo aún y no dejo todavía a los hombres y la luz! Pero quiero dejarla».
Dice esto y se incorpora sobre el herido muslo y aunque le resta fuerzas
la honda herida, no se abate y manda que le traigan su caballo.
Era su orgullo y era su consuelo. Cabalgando sobre él volvía victorioso
860 de todos sus combates. Se pone a hablar con él. Le dice al animal entristecido:
«¡Rebo, mucho ha durado nuestra vida,
si algo hay que dure mucho a los mortales!
O vuelves hoy trayendo vencedor los despojos sangrientos y la testa de Eneas
y vengamos los dos el sufrimiento de Lauso,
o si no hay fuerza alguna
que logre abrir camino, morirás tú conmigo.