Eneida
Eneida 865 Pues no vas a dignarte, valeroso animal, creo yo, tolerar
que otro te mande ni aceptarás por dueño a ningún teucro».
Le dice y monta en él y acomoda sus miembros como tiene por costumbre
y carga sus dos manos de aguzados venablos.
Fulge en su testa el bronce de su yelmo
870 y eriza al aire su penacho equino.
Y galopa así raudo al centro de las tropas enemigas.
En un solo corazón hierve un inmenso sonrojo y un frenesí mezclado de dolor
y un amor acuciado del ansia de venganza y un valor seguro de sí mismo.
Llama a Eneas a gritos por tres veces. Lo reconoce Eneas
y dirige gozoso esta plegaria: «¡Que me otorgue esta gracia
875 el gran padre de los dioses y Apolo el de la altura!
Empieza ya». Se limita a decir.
Y lanza en ristre se dirige a su encuentro. Mezencio le replica:
«¿Por qué tratas de amedrentarme tú, monstruo feroz,
después de haberme arrebatado a mi hijo?