Eneida
Eneida adelantando la cabeza en tierra.
895 Troyanos y latinos enardecen el cielo con sus gritos. Vuela a su lado Eneas,
saca veloz la espada de su vaina y puesto el pie sobre él:
«¿Dónde está ahora el coraje de Mezencio, aquella su feroz pujanza de alma?»
Y el tirreno, luego de alzar los ojos al oreo de las auras
e ir bebiendo en los cielos, vuelto en sí le replica:
900 «¡Desabrido enemigo! ¿A qué te mofas?
¿A qué esas amenazas de muerte? No es delito matar ni entré en combate
en busca de piedad ni es ese el trato que concertó mi Lauso entre tú y yo.
Sólo pido una cosa si le es dado pedir alguna gracia a enemigo vencido.
Permite que la tierra cubra mi cuerpo.
Sé que el odio feroz de mi pueblo me cerca.
905 Líbrame, te lo pido, de su furia.
Y déjame que a mi hijo le haga en la sepultura compañía[368]».
Así dice y entrega al esperado golpe la garganta. Y sobre su armadura
va vertiendo su vida en raudales de sangre.