Eneida
Eneida Entre tanto la Aurora se iba alzando y dejaba el Océano.
Eneas aunque urgido de impaciencia por dar tierra a sus propios compañeros
y aunque su muerte le contrista el alma, paga al primer albor
sus votos a los dioses por el triunfo[369].
Planta en un altozano una talluda encina
5 que desnuda de todo su ramaje y la decora de radiantes armas,
las que cobró a Mezencio, trofeo que te brinda a ti,
dios poderoso de la guerra. Le acomoda el penacho de plumas
húmedo de su sangre todavía, y los truncados dardos del guerrero
y la coraza herida y perforada en doce puntos,
10 y prende al brazo izquierdo el bronce de su escudo
y la espada de puño de marfil se la cuelga del cuello.
Luego a sus camaradas victoriosos
—todos sus capitanes en apretado cerco le rodean—