Eneida
Eneida le arrebató la vida y fue a sumirlo en una amarga muerte».
Dice así entre sollozos y dirige sus pasos al umbral
donde yacía exánime el cuerpo de Palante,
30 al que el anciano Acetes daba guardia,
Acetes que primero fue escudero de Evandro
en sus días de Arcadia y que ahora acompañaba como guardián a su hijo del alma
con auspicios, por cierto, menos faustos.
Alrededor estaba todo el corro de criados
35 y la turba troyana, y las mujeres de Ilión, suelto al uso el cabello entristecido.
Pero al punto en que Eneas entra en el alto pórtico,
ellas alzan al cielo, hiriéndose los pechos,
un profundo gemido. Por el regio recinto
va resonando el eco de sus lúgubres lamentos. Al mirar la cabeza reclinada
y el rostro de Palante blanco como la nieve y sobre el suave pecho
40 la herida abierta por la lanza ausonia,
prorrumpe Eneas entre el llanto que se agolpa a sus ojos:
«¡Doncel infortunado! ¡Con que te me ha robado celosa la Fortuna