Eneida
Eneida al ver volver a tu hijo sano y salvo.
¡Ay, de mí! Y qué gran valimiento el que pierdes, Ausonia,
y cuánto pierdes, Julo, tú también».
Acabado este llanto, ordena alzar el cuerpo infortunado
60 y manda que mil hombres elegidos entre todo el ejército escoltando el cadáver
le tributen los últimos honores y compartan las lágrimas del padre,
consuelo bien menguado para tamaño duelo, pero debido al padre infortunado.
Otros van con premura trenzando un zarzo de flexibles andas
65 con brotes de madroños y varillas de encina entrelazadas,
y lo sombrean de un dosel de follaje. Allí tienden al joven aupándolo
sobre aquel lecho rústico. Parece flor que han cortado unos dedos virginales,
o una tierna violeta o un jacinto delicado que no ha perdido aún
70 su viso y su belleza, pero que ya no nutre
ni le infunde vigor la madre tierra.
Entonces saca Eneas dos clámides de rígidos relieves bordados de oro y grana,