Eneida
Eneida que la sidonia Dido, gozosa en su tarea, tejió para él un dÃa con sus manos
75 y habÃa entreverado la trama de hilos de oro. Con una —último honor—
envuelve entristecido el cadáver del joven, con la otra va velando
los cabellos que han de arder en las llamas. Amontona además muchos trofeos
que en combate ganó a los laurentinos
y ordena que los vayan llevando en larga fila.
80 Añade los caballos y las armas que habÃa arrebatado al enemigo.
Y también, atadas a la espalda las manos, los cautivos,
vÃctimas destinadas a las sombras
por rociar las llamas de la pira con su sangre.
Y ordena que los troncos cubiertos con las armas enemigas
los transporten los jefes en sus manos
y que en ellos se grabe el nombre del vencido.
85 Llevan también a Acetes, infortunado de él, abrumado del peso de los años.
Unas veces se hiere el pecho con los puños, otras veces el rostro con las uñas,
otras cayendo en tierra se tiende por el suelo todo lo largo que es.