Eneida
Eneida enramados de olivo. Piden una merced: que les devuelva
los cuerpos abatidos a hierro que yacían dispersos por el llano
y deje que les den reposo bajo un montón de tierra.
No puede haber combate con vencidos que están privados de las auras del cielo,
105 que haya piedad de aquellos que antes llamó sus huéspedes y padres de su novia.
Accede humano Eneas a su ruego. No puede desecharlo y les da lo que piden
y añade a su merced estas palabras:
«Pero ¿qué odioso azar os ha envuelto, latinos,
en esta horrible guerra, y os hace rechazar nuestra amistad?
110 ¿Pedís de mí la paz para los muertos, víctimas del azar de la batalla?
A gusto os la daría también por los vivos. No he venido a estas tierras
sin que el hado me fijara primero lugar
donde asentarme ni lucho con sus pueblos.
Vuestro rey ha sido quien dejó nuestra alianza. Ha preferido
confiar en las armas de Turno. Más justo hubiera sido que Turno