Eneida
Eneida 115 se expusiera en persona a la muerte. Si piensa terminar esta guerra por la fuerza
y expulsar a los teucros de sus tierras,
debía haber cruzado sus armas con las mías.
Seguiría viviendo aquel a quien el cielo y la pujanza de su brazo
le otorgara la vida. Id y dad a las llamas los cadáveres de vuestros desgraciados compañeros».
120 Así habla Eneas. Ellos quedaron en silencio estupefactos
y mantenían fijos los ojos y los rostros mirándose los unos a los otros.
En esto Drances, el entrado en años, el que siempre hostigaba al joven Turno
con su odio y sus denuncias, da en desplegar los labios: «¡Héroe troyano,
insigne por tu fama y todavía más por tus proezas!
125 ¿Con qué alabanzas podría yo encumbrarte hasta los astros?
¿Admiraré primero tu justicia o tu esfuerzo en la guerra?
Contaremos de vuelta tus palabras a la ciudad paterna agradecidos
y si nos diera traza la fortuna, lograremos —te lo aseguro—