Eneida
Eneida vencedor en el Lacio. Los árcades se lanzan en tropel a las puertas
alzando a antigua usanza antorchas fúnebres.
Brilla hilado el camino en largas filas
y su cumbre va hendiendo el haz del campo. El cortejo troyano,
145 avanzando a su encuentro, entrefunde el torrente de gemidos.
Las matronas arcadias que los ven adentrarse
al hilo de las casas encienden de alaridos la ciudad consternada.
No hay fuerza ya capaz de contener a Evandro. Rompe por entre todos
y puesto en tierra el féretro se arroja sobre el cuerpo de Palante.
150 Se pega a él, llora, gime, y al cabo a duras penas consigue abrirse paso
la voz entre el dolor. «¡Palante, no era ésta la promesa que le hiciste a tu padre
de que ibas a afrontar con más cautela los furores de Marte!
Sí, bien sabía yo con qué fuerza impelía
la gloria primeriza de las armas y qué dulce sabor
155 tenía el lauro del primer combate.
¡Amargo el primer fruto de tus años de mozo,