Eneida

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puercos de hirsutas cerdas y ovejas que arramblaron por toda la campiña,

los degüellan sobre las llamas. Luego contemplan cómo al hilo de la playa

200 arden sus camaradas y dan guardia a las piras a medio consumir.

Y nada les arranca de su lado hasta que hace girar la húmeda noche

la bóveda del cielo prendida de luceros llameantes.

Tampoco en su infortunio los latinos dejan de alzar innumerables piras

en un lugar aparte o de dar tierra a muchos de sus muertos[376],

205 o bien trasladan a otros a los campos vecinos,

o los transportan a su propia ciudad.

A los demás, rimero ingente de confusa mortandad, los queman hacinados

sin cuenta y sin honor. Por toda la campiña relumbran corros de afanosos fuegos.

210 Ya ha ahuyentado del cielo la helada sombra la tercera aurora.

Desolados renuevan las hacinas de ceniza

y recogen los huesos revueltos de las piras,

sobre ellos extienden tibia carga de mantillo.


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