Eneida
Eneida y os incitan a provocar los riesgos de una guerra que os es desconocida?
255 Todos cuantos a hierro devastamos los campos de Ilión
—omito los trabajos padecidos luchando al pie de los cimeros muros
o qué guerreros nuestros el Simunte oprime bajo el peso sus ondas—,
todos hemos pagado rodando por el orbe con torturas indecibles
hasta la última pena debida a nuestros crÃmenes, puñado de hombres
260 que moverÃa a duelo al mismo PrÃamo. Lo sabe la funesta estrella de Minerva
y las rocas de Eubea[378], lo sabe el Cafereo vengador. Al fin de aquella guerra
empujados a riberas opuestas, Menelao el Atrida, desterrado,
llega hasta las columnas de Proteo[379], ve Ulises a los CÃclopes del Etna.
¿A qué mentar el reino de Neoptólemo[380],
hablar de la arrumbada mansión de Idomeneo[381],
265 o los locrios que moran en las playas de Libia? Hasta el rey de Micenas[382],
el gran caudillo aqueo, pereció en el umbral de su palacio