Eneida

Eneida

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a manos de su esposa abominable, con lo que ahora el adúltero

señorea el Asia sometida. ¡Y que me hayan negado los dioses envidiosos

volver a los altares de mi patria, a ver la esposa que tanto deseaba

270 y la hermosa Calidón[383]! Todavía me vienen persiguiendo

monstruos de aterradora catadura; los mismos compañeros que perdí,

remontaron volando las alturas y trocados en aves revuelan por los ríos,

¡implacable tortura de los míos!,

y dilatan el eco de sus dolientes voces por las rocas.

275 Estas desdichas mías debía yo esperarlas desde el día en que a hierro

—¡insensato!— ataqué los cuerpos de los dioses y llegué a herir la diestra

de Venus. No, no me incitéis a tales guerras pues ni, arrumbada Troya,

sostuve lucha alguna con los teucros ni me da ningún gozo el recuerdo del mal

280 que les causé otro tiempo. En cuanto a los regalos que para mí traéis de vuestra patria,

llevádselos a Eneas. Me he enfrentado a los terribles tiros de su brazo


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