Eneida
Eneida de su larga congoja. Se descorren de par en par las puertas.
Disfrutan en salir y examinar el campamento dorio
y en ver las posiciones desiertas y la playa abandonada.
«Aquí acampaban las tropas de los dólopes, aquí el feroz Aquiles,
en este espacio emplazaban la armada. Allí solían combatir
30 en línea de batalla con nosotros». Los unos boquiabiertos
ante el funesto don a la virgen Minerva se pasman de la mole del caballo.
Y el primero, Timetes[22], incita a que lo acojan dentro de la muralla
y que quede instalado en el alcázar, fuera por traición,
35 o porque ya la suerte de Troya estaba así fijada. Pero Capis y aquellos
que eran de parecer más avisado mandan que se eche al mar
la treta de los griegos, aquel don sospechoso,
que se le prenda fuego por debajo y se queme en sus llamas,
o se barrene y escudriñe los huecos escondrijos de su vientre.