Eneida
Eneida un sordo murmujeo corrió de labio en labio
de los sobresaltados hijos de Ausonia,
igual que cuando frenan unas rocas a un rÃo desatado y preso su turbión
rompe en un borboteo y a su son crepitante
van resonando las cercanas márgenes.
300 Al punto en que los ánimos se aplacan y las inquietas lenguas se apaciguan,
el rey en su alto trono invoca de antemano a los dioses y habla luego:
«Antes, os lo aseguro, latinos, quisiera haber tratado sobre este trance extremo de la patria,
hubiera sido preferible no convocar consejo en el momento
en que ante nuestros muros acampa el enemigo.
Estamos empeñados, ciudadanos,
305 en insensata guerra con una raza de divino origen, guerreros indomables,
a los que no hay combate que les rinda y no dejan las armas ni vencidos.
Si tenÃais esperanza fundada en la alianza con las armas etolias, desechadla.
Cada cual fÃe sólo en sà mismo. Qué poco hay que esperar
ya lo estáis viendo. Lo demás lo tenéis a la vista,