Eneida
Eneida ata a su hija y la envuelve con corteza de alcornoque silvestre,
555 la sujeta mañoso alrededor en el centro del arma.
Y vibrándola con poderosa diestra
da este grito a los aires: “Doncella alentadora,
nacida de Latona, que moras en los bosques, yo, su padre,
consagro esta hija mía a tu servicio. Ella empuñando tu arma,
la primera que empuña pidiendo tu favor,
huye del enemigo por los aires. Tú, diosa,
560 acoge como tuya, te lo ruego, esta prenda que fio en este instante
al inseguro vuelo de las auras”. Dice,
echa atrás el brazo y girando el arma la dispara.
Resonaron las ondas. Cruza la infortunada por encima de la rauda corriente enemigos
en el venablo zumbador. Métabo en el instante en que la gran caterva de
565 casi le daba alcance se arroja al río
y arranca vencedor de entre el herboso césped
la ofrenda a Trivia, el arma con la niña.
No hubo ciudad alguna que le diera acogida