Eneida
Eneida en sus casas ni en sus muros, ni su fiereza de alma se hubiera avenido a ello.
Entre pastores transcurrió su vida, allá en la soledad de las montañas.
570 Y entre jaras y horrendas guaridas de alimañas fue criando a la niña
con la leche de la ubre de una yegua bravÃa del rebaño.
Él mismo iba exprimiendo los pezones entre los tiernos labios infantiles.
Y tan pronto como sus piececitos asentaron en tierra sus primeras pisadas
575 puso un agudo mástil entre sus manos
y le colgó a la niña de los hombros las saetas y el arco.
En vez de áureo cintillo prendido en sus cabellos, en vez del largo manto,
pende de su cabeza por la espalda la piel cobrada a un tigre.
Ya con su tierna mano blande entonces venablos de muchachos
y ya voltea en torno a su cabeza las pulidas correas de la honda
580 y abate de la altura a la grulla del Estrimón o al argentado cisne.
Muchas fueron las madres que en vano desearon tenerla como nuera