Eneida
Eneida ¿por qué no me adelanto a cortar esta lucha cuando está vivo todavía?
40 Y ¿qué dirán los rútulos de nuestra misma sangre,
qué dirán los demás pueblos de Italia
si te entrego a la muerte —ojalá desmienta la fortuna mis temores—
cuando me estás pidiendo en matrimonio a mi hija? Vuelve la vista atrás,
a los reveses y giros de la guerra y ten piedad de tu padre, avanzado en edad,
a quien tu tierra de Árdea guarda lejos de aquí todo apenado».
45 No logran doblegar el coraje de Turno sus palabras, aún le enardecen más,
enconan más la herida los remedios. Tan pronto como puede hablar,
comienza así: «El cuidado que tienes por mí, rey bondadoso,
abandónalo y deja que consiga la gloria con la muerte. También sabe mi diestra,
50 señor, lanzar ferradas jabalinas, no sin brío, por cierto,
y también mis tiros manan sangre.
Ahora no habrá a su lado una madre divina
que en su huida con su ardid de mujer