Eneida
Eneida Apenas habla así, regresa a su palacio presuroso y pide sus caballos.
Goza viéndolos relinchar en su presencia.
La misma Oritía[407] se los mandó a Pilumno como un glorioso don.
Ganaban en blancura a la nieve, en la carrera al vuelo de las brisas.
85 Están alrededor sus activos cocheros.
Con su diestra palmotean los pechos resonantes
y van peinando las flotantes crines. Se ajusta él mismo luego a los hombros
el peto guarnecido de escamas de oro y pálido latón.
Y en seguida se adapta hábilmente la espada,
embraza el escudo y se acomoda los bermejos crestones de los cuernos[408],
90 la misma espada que forjó el dios del fuego por su mano para su padre Dauno
y que templó candente en las ondas estigias. En seguida arrebata brioso
la ponderosa lanza que se alzaba en el centro de la casa
arrimada a un enorme pilar.
Era despojo de Áctor, el aurunco[409].
Y la blande vibrándola mientras prorrumpe en gritos: