Eneida
Eneida 95 «Lanza mía, que no has faltado nunca a mi llamada, ya ha llegado el momento,
ya ha llegado. Un día fue el gran Áctor,
hoy es Turno quien te blande en su diestra.
Dame abatir el cuerpo y desgarrar y descuajar
con mano potente la loriga de ese eunuco de Frigia
y mancillar de polvo esos cabellos
100 que se riza a hierro ardiente, rezumantes de mirra».
Tal es el frenesí que acucia su alma. Todo su rostro centellea de ira,
brotan llamas de sus feroces ojos,
como el toro cuando se está aprestando a la pelea
lanza horrendos mugidos y tantea su furia con sus cuernos
105 topando contra el tronco de algún árbol y acomete a los vientos a derrotes
y preludia la lucha con la arena que esparcen sus pezuñas por el aire.
Entre tanto embravecido Eneas con las armas de su madre
aguza su coraje. El corazón le borbotea de ira entre el gozo del pacto
propuesto con que dar fin a la guerra. Y conforta a sus hombres