Eneida
Eneida igual que si la amarga batalla los llamase.
Por entre los millares de guerreros revuelan
ufanos de sus galas de oro y púrpura sus jefes:
Mnesteo, el de la estirpe de Asáraco, y el valeroso Asilas
y Mesapo, el domador de potros, que era hijo de Neptuno.
Cuando suena la señal y ocupa cada cual su puesto, hincan las lanzas
130 en el suelo y recuestan en ellas los escudos.
Entonces anhelantes se precipitan fuera las madres, la multitud inerme
y los débiles ancianos. Se agolpan en las torres y en los tejados de las casas;
otros se van plantando en lo alto de las puertas.
Pero Juno, en la cima del otero que ahora se llama Albano
135 —entonces no tenía nombre ni fama ni honor alguno—, oteando la llanura
avistaba las huestes laurentinas y troyanas formadas ya en batalla
y la ciudad del rey Latino. De pronto se dirige a la hermana de Turno,
que es diosa como ella, señora de los lagos y ríos resonantes.