Eneida
Eneida 155 y tres veces y más su mano se golpea su hermoso pecho.
«No es tiempo este de llanto
—le ataja Juno, la hija de Saturno—. Date prisa y si encuentras algún modo,
arrebata a tu hermano de la muerte o provoca la guerra
y haz que rompan el pacto concertado.
Yo aliento tu osadÃa». Su exhortación le deja
160 vacilante, desconcertada el alma por lo acerbo de la herida.
Los reyes entre tanto se adelantan. Latino va montado en su carro
de majestuoso empaque que unce cuatro corceles. Resplandecen
en torno de sus sienes los doce rayos de oro,
el emblema del Sol[410], su antecesor.
Turno, sobre su carro de dos caballos blancos,
blandiendo con su mano un par de lanzas
165 rematadas en su hoja de ancho hierro.
Del otro lado Eneas, el padre, el fundador
de la estirpe romana, sale del campamento, rutilante con su estrellado escudo
y sus celestes armas. Y cerca de él Ascanio,
la segunda esperanza de la potente Roma.