Eneida

Eneida

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Un sacerdote de alba vestidura porta el hijo de un cerdoso verraco

170 y una oveja de dos años, de vellón aún intacto.

Y los coloca al pie de los altares encendidos.

Ambos reyes, vueltos los ojos hacia el sol naciente, esparcen con sus manos

el salado manjar y señalan las frentes de las víctimas cercenando un mechón[411]

y sobre sus altares van vertiendo sus copas.

Entonces desenvaina su espada el fiel Eneas

175 y dirige esta súplica: «Sé mi testigo ahora tú, Sol, a quien invoco,

y tú, tierra de Italia, por la que he soportado tan grandes sufrimientos.

Y tú, Padre, que todo lo puedes, y tú, Saturnia, ahora ya más benigna,

al fin acudo a ti ya suplicante. Y tú, glorioso Marte, tú que tuerces

180 con tu poder divino el curso de la guerra y a vosotros también,

hontanares y ríos, os invoco,

y a cada majestuoso señor del alto cielo

y a los poderes todos del ponto verdiazul.

Si acaso la victoria pasa al ausonio Turno,

queda acordado aquí que los vencidos se retiren


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