Eneida
Eneida se quedó ya sin madre y rindió su cabellera y brazos a los golpes del hierro,
210 y el árbol de otro tiempo lo engastó en bronce airoso la mano del artífice,
y se lo dio a empuñar a los reyes del Lacio».
En tales términos afirmaban su alianza entre sí los dos jefes
entre los capitanes que estaban contemplándolos. Luego sobre las llamas
degüellan, según rito, las víctimas sagradas, y todavía vivas
215 arrancan sus entrañas y colman los altares de sus fuentes repletas.
Pero ya hacía tiempo que a los rútulos les iba pareciendo
desigual aquel duelo, su ánimo se agitaba
turbado por diversos movimientos.
Y más cuando mirando con ojos más atentos
echan de ver que son las fuerzas de uno y otro tan dispares.
Aumenta su inquietud el mismo Turno que ha avanzado en silencio
220 y venera sumiso el altar, con la mirada en tierra, demacradas las mejillas,
pálida su figura juvenil. Cuando advierte su hermana Juturna