Eneida
Eneida que crece más y más el cuchicheo
y que los corazones del vulgo tornadizo van cambiando,
allà en las mismas filas adopta la apariencia de Camertes,
225 un guerrero de nobles ascendientes, de nombre esclarecido por el valor paterno,
el más valiente de todos en las armas,
y se desliza en medio de las tropas, diestra en su menester,
y va sembrando el desconcierto en ellos:
«¿No os da vergüenza, rútulos —les dice—,
que por todo un ejército como el nuestro
un solo hombre ponga en riesgo su vida?
230 ¿Qué? ¿No estamos igualados en número y en fuerzas? Ahà los tenéis a todos;
mirad, troyanos y árcades y esas tropas guiadas por el hado,
los etruscos enemigos de Turno. Sólo con que luchemos
uno de cada dos nos costará encontrar con quien trabar combate.
235 Turno será encumbrado por la fama hasta los mismos dioses de la altura
en cuyo altar ofrece ahora su vida y pasará su nombre vivo de boca en boca.