Eneida
Eneida Y nosotros perdiendo nuestra patria
nos veremos forzados a servir a dueños arrogantes,
nosotros, que indolentes tomamos ahora asiento sobre el campo».
Inflaman sus palabras las armas de los jóvenes guerreros. Ya va de fila en fila
240 serpeando un murmullo. Hasta los laurentes
y los mismos latinos cambian de ánimo.
Los que antes esperaban descansar de la guerra salvos de todo daño,
ahora ya piden armas, desean no haber hecho pacto alguno
y sienten compasión del hado injusto de Turno.
Todavía añade a esto Juturna
245 algo más impresionante: en la altura del cielo les muestra una señal.
Ninguna otra turbó más el alma de los hombres de Italia
ni les burló mejor con su prodigio.
Pues el ave de Júpiter, un águila rojiza
volando por la cima del cielo empurpurado
acosaba tropel alado, a un sonoro escuadrón de aves marinas.
De pronto se desploma feroz sobre las olas
250 y entre sus corvas garras prende un soberbio cisne.