Eneida
Eneida y en trance de partir les aterraba el Austro.
Sobre todo cuando ya ese caballo estaba presto con su armazón de alerce,
resonaron las nubes por todo el haz del cielo. Perplejos enviamos a Eurípilo
a inquirir el oráculo de Febo y de vuelta nos trae de su recinto
115 esta amarga respuesta: «Con sangre, dando muerte a una doncella,
aplacasteis a los vientos al tiempo en que arribasteis a la costa troyana
por primera vez, dánaos. Es fuerza que con sangre demandéis el regreso,
y que obtengáis presagios favorables con una vida de Argos».
Al punto en que su voz llegó a oídos del vulgo quedó empavorecido
120 y un helado temblor corrió por el meollo de sus huesos.
«¿Quién es el designado por los hados? ¿A quién reclama Apolo?»
En esto, desatado el alboroto el Ítaco arrastra al medio a Calcante
y le aprieta a que diga cuál es la voluntad divina.
Muchos me predecían la cruel artería del mañero