Eneida
Eneida 125 y en silencio veían lo que iba a suceder.
Calcante calla retirado diez días en su tienda.
Rehúsa denunciar por sí a ninguno y exponerlo a la muerte.
Al cabo, a duras penas obligado por los gritos del Ítaco rompe a hablar
conforme lo tenían acordado y me designa como víctima.
130 Todos van aprobándolo y lo que se temía para sí cada cual,
si se convierte en mal de algún desventurado, lo llevan con paciencia.
Llegó el horrendo día. Se disponían para mí los ritos,
la harina con la sal, las bandeletas con que ceñir mis sienes.
Escapé de la muerte, lo confieso, rompí las ataduras
135 y pasé aquella noche oculto entre los juncos de una ciénaga
esperando se hicieran a la mar, si por fortuna desplegaban velas.
Ya no tengo esperanza de ver la antigua tierra en que nací,
ni a mis dulces hijos, ni a mi padre, a quien tanto deseo volver a ver.