Eneida
Eneida Quizá pagarán ellos la pena de mi huida y expiarán, desventurados de ellos,
140 este delito mÃo con su muerte. Asà yo te suplico
por los dioses de lo alto y los poderes que saben la verdad,
por la fe, si hay alguna que quede en los mortales intacta todavÃa donde sea,
ten piedad de tan grandes desgracias,
apiádate de quien sufre un rigor que no merece».
En vista de sus lágrimas perdonamos la vida al prisionero
145 y por añadidura nos apiadamos de él. PrÃamo mismo se adelanta a mandar
que le desaten los grillos y ataduras apretadas y le habla con palabras afables:
«Quienquiera que seas, desde ahora olvida ya a los griegos que has perdido.
Formarás parte de los nuestros. Responde la verdad a lo que te pregunto:
¿Con qué objeto erigieron la mole de ese enorme caballo?
150 ¿De quién partió la idea? ¿Qué pretenden con él?
¿Qué ofrenda ritual es o qué ingenio de guerra?».