Eneida

Eneida

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A estas palabras él, aleccionado de antemano en el dolo y artería pelasga,

alzó hacia las estrellas las palmas de sus manos, libres ya de ataduras:

«Os pongo por testigos a vosotros, perennes fuegos,

al inviolable poder vuestro —prorrumpe—,

155 y a vosotros, altares y execrables espadas de que huí,

ínfulas de los dioses que porté como víctima,

por las leyes divinas me es dado deshacer mis vínculos sagrados con los griegos,

me es permitido odiarlos y dar, cuanto ellos celan, a los vientos.

No me ata ley alguna a mi patria. Tú, Troya, por tu parte

160 mantén lo prometido y, una vez preservada, guárdame tu palabra

si digo la verdad, y te pago con largueza. Todas las esperanzas de los dánaos,

toda su confianza al emprender la guerra, siempre estuvo basada

en la ayuda de Palas. Pero desde que el vástago impío de Tideo

165 y el forjador de crímenes, Ulises, se lanzaron a arrancar el Paladio[26] fatal


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