Eneida
Eneida 265 y defended luchando al rey que os roban».
Exclama y avanzando a la carrera vibra su jabalina
contra el bando frontero de enemigos. Resuena zumbador el astil de cornejo
y con rumbo seguro hiende el aire. Y al mismo instante en que dispara el arma,
se alza un inmenso griterío, se revuelven las filas,
el tumulto enardece los ánimos.
El arma voladora va a dar donde se hallaban plantados por azar enfrente de él
270 los nueve hermanos, bellos como no hay otros, los que le dio
su fiel esposa tirrena al árcade Gilipo. A uno de ellos le alcanza
allá donde el cosido[414] tahalí roza el vientre y la hebilla sujeta
los dos cabos de los lados. Era un mozo de espléndida belleza,
275 de armadura radiante. Le atraviesa el costado y le tiende a lo largo
de la rojiza arena. Sus hermanos, briosa banda, arden de coraje y de dolor.
Los unos desenvainan las espadas, otros empuñan dardos y arremeten ciegos.