Eneida
Eneida que los ítalos vuelven a ser sus enemigos y por segunda vez violan el pacto.
Adentro la discordia surge entre los medrosos ciudadanos.
Mandan unos que se abra la ciudad a los dárdanos y que de par en par
585 se descorran las puertas. Y tratan de arrastrar al mismo rey a los baluartes.
Otros aportan armas y se aprestan a defender los muros,
como cuando un pastor descubre unas abejas
en su oculto cobijo de la grieta de una peña
y llena el hueco de picante humareda; ellas dentro temiendo por su suerte
590 corretean por su bastión de cera y aguzan su ira con potentes zumbidos;
ondula el negro hedor por el albergue y resuena con un sordo murmullo
el hueco de la peña y va saliendo el humo al aire abierto.
Todavía se añade al agobio latino otro infortunio
que desde sus cimientos cuartea la ciudad entera en duelo.
595 La reina, cuando ve desde palacio que avanza el enemigo y ve asaltar los muros