Eneida
Eneida 740 saltó de golpe como hielo quebradizo y sus pedazos
quedan brillando por la rubia arena. Turno fuera de sí
huye por la llanura trazando de aquí a allí por un lado y por otro
círculos ondulantes, pues los teucros le tienden por todas partes apretado cerco,
745 aquí le cierra el paso una ancha alberca, por allí los bastiones de los muros.
Tampoco deja Eneas de apremiarle
por más que se lo estorba e impide la carrera
a veces la rodilla trabada por la herida de la flecha.
Va tras él y acosa pie con pie
al que le huye azorado, como cuando un ventor ha dado alcance a un ciervo
750 al que le cierra el paso la corriente de un río o el espanto que le infunde
un valladar de empurpuradas plumas; el sabueso lo acosa a correteos y ladridos,
aquél despavorido ante el engaño y la escarpada orilla huye. Y va y viene
buscando mil salidas, pero el fogoso can de Umbría[429] pegado a él
con las fauces abiertas casi lo tiene asido o creyéndolo asido