Eneida
Eneida de Pélope[29]. ¡Destino fatal que está aguardando a nuestros nietos!»
195 Ante tales insidias y arterías del perjuro Sinón creímos sus palabras
y caímos prendidos en sus dolos y lágrimas forzadas,
aquellos que ni el hijo de Tideo, ni el lariseo Aquiles,
ni diez años de guerra ni un millar de navíos lograron domeñar.
En esto, otro prodigio más importante y harto más pavoroso[30]
200 nos sobreviene, tristes de nosotros, y trastorna nuestros desprevenidos corazones.
Laoconte, designado en suerte sacerdote de Neptuno, estaba en el altar acostumbrado
sacrificando un corpulento toro. Hete aquí que de Ténedos
sobre el hondo mar calmo —me horrorizo al contarlo—
dos serpientes de roscas gigantescas se vuelcan sobre el piélago
205 y hermanadas tienden hacia la orilla.
El pecho entre las ondas enhiestan y su cresta
sanguinolenta señorea el Ponto. El resto de su cuerpo se desliza
sobre el agua en enormes espiras ondulantes.