Eneida
Eneida Brama a su paso el mar espumeante. Alcanzan ya la orilla.
210 Con los ojos ardiendo en sangre y llamas, sus vibrátiles lenguas
van lamiendo los belfos silbantes.
Escapamos al verlas sin sangre en nuestras venas.
Derechas a Laoconte van las dos.
Pero primero abraza cada una el tierno cuerpo
de uno de sus hijos y lo ciñen en sus roscas,
215 y a mordiscos se ceban en sus miembros desdichados.
Después, al mismo padre que acudÃa en su auxilio dardo en mano
lo arrebatan y en ingentes barzones lo encadenan. Y enroscadas dos veces a su tronco
y plegando sus lomos escamosos otras dos a su cuello, aún enhiestan encima
220 las cabezas y cervices erguidas. Él forcejea por desatar los nudos con sus manos[31]
—las Ãnfulas le chorrean sanguaza y negro tósigo— al tiempo que va alzando
al cielo horrendos gritos cual muge el toro herido huyendo el ara
cuando de su cerviz sacude la segur que ha errado el golpe.