Eneida
Eneida la más firme esperanza de los teucros! ¿Qué larga dilación
te tuvo ausente? ¿De qué riberas vienes, Héctor tan esperado?
¡Con qué gozo después de tantas muertes de los tuyos,
al cabo de los múltiples agobios de los hombres y la ciudad
285 te ven nuestros cansados ojos! ¿Qué indigno ultraje
mancilló tu faz serena? ¿Por qué veo en tu cuerpo esas heridas?»
Él nada me responde, ni en mis vanas preguntas se entretiene,
pero exhalando un sordo gemido desde lo hondo de su pecho:
«¡Ay, huye; hijo de diosa —me dice—, ponte a salvo de estas llamas!
290 El enemigo ocupa nuestros muros. Troya de su alta cumbre se derrumba.
Bastante le hemos dado a la patria y a Príamo. Si Pérgamo pudiera
ser defendida por esfuerzo alguno, ya mi brazo la hubiera defendido.
Los objetos de culto y sus Penates Troya te los confía.