Eneida
Eneida Hazlos de tu destino compañeros. Búscales el recinto, el gran recinto
295 que al cabo fundarás después de andar errante por el mar».
Dice y sacan sus manos de lo hondo del sagrario las Ãnfulas, la Vesta poderosa
y su fuego perenne.
Entre tanto, por un lado y por otro
la ciudad se entrefunde en gritos angustiosos.
300 Y aunque la casa de mi padre Anquises quedaba retirada,
cubierta por los árboles, cada vez se perciben los ruidos más distintos
y más se acerca el hórrido estruendo de las armas.
El sobresalto me sacude el sueño. Gano trepando el punto más alto del tejado
y me pongo a escuchar bien atento el oÃdo, como cuando en la mies
prende una llama al impulso del Austro enfurecido,
305 o el torrente engrosado con el caudal de la montaña arrasa la campiña,
los lozanos sembrados, la labor de los bueyes, y va arrastrando
árboles arrumbados de cabeza, el pastor boquiabierto