Eneida
Eneida Viene fuera de sí corriendo hacia mi puerta. «¿Dónde está el mayor riesgo, Panto?
¿Qué baluarte ocupamos ahora?» Apenas pronuncié estas palabras,
cuando con un gemido me da respuesta así: «Llegó el último día
y la hora inevitable para la tierra dárdana.
325 Hemos dejado ya de existir los troyanos, acabó ya Ilión
y la soberbia gloria de los teucros. Júpiter en su furia todo lo ha hecho pasar
a manos de Argos. Dominan ya los dánaos en la ciudad en llamas.
Enhiesto está el caballo plantado en pie en el centro
de la ciudad vertiendo hombres armados.
Sinón insolente en su triunfo esparce el fuego.
330 Hay otros emplazados en las puertas abiertas de par en par. Son miles,
toda la multitud que arribó un día de la imperial Micenas.
Otros asedian los angostos pasos cerrando con sus armas la salida,
una afilada línea de desnudas espadas, centelleante su punta,
335 firme está, presta al degüello. Los guardas de las puertas empiezan ya a arriesgarse