Eneida
Eneida y que es indigno de él su Neoptólemo. Ahora muere».
550 Dice esto y va arrastrando hasta el pie del altar al anciano que temblaba
y que iba resbalando en el raudal de sangre de su hijo.
Se enrosca sus cabellos en la izquierda
mientras con la derecha alza en alto la espada centelleante
y la hunde en su costado hasta la empuñadura.
555 Éste fue el fin de la fortuna de Príamo, éste fue el desenlace,
el que le tocó en suerte por designio del hado:
contemplar Troya en llamas, ver derrumbada Pérgamo,
él un día señor de tantos pueblos y tierras, el monarca de Asia.
Tendido en la ribera yace un enorme tronco,
la cabeza arrancada de los hombros, un cadáver sin nombre[47].
Entonces me angustió por vez primera una imponente sensación de horror.
560 Quedé despavorido. Acudió a mi mente la imagen de mi querido padre
al ver al rey, que tenía su edad, exhalando la vida por una herida cruel.