Eneida

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cuando se presentó delante de mis ojos mi madre alentadora[50]

590— nunca la vi hasta entonces tan luciente, rutilaba en la noche luz radiante—

declarando su condición de diosa, con la misma belleza y estatura

con que suele mostrarse a los celestes moradores. Me retuvo cogido de la mano

y además me habló así con sus labios de rosa:

«¡Hijo mío! ¿Qué encono provoca en ti esa cólera indomable?

595 ¿A qué ese frenesí? ¿Qué se ha hecho de tu amor a los nuestros?

¿No quieres antes ver dónde has dejado a tu anciano padre Anquises,

si vive todavía tu mujer y tu pequeño Ascanio? En torno de ellos

andan de un lado y otro rondándoles las tropas de los griegos.

Y si no lo impidiera mi desvelo por ellos, las llamas los habrían arrebatado ya

600 y la espada enemiga habría ya agotado su sangre.

No es la odiosa belleza de una mujer laconia,

hija de Tíndaro como tú te imaginas,

ni es Paris el que debe ser culpado. Son los dioses, los dioses implacables


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