La Eneida
La Eneida Él mismo se había trazado aún un programa de tres años durante los que habría de visitar los lugares de Grecia y Asia en los que tantas veces aparecían sus personajes.
A nuestro poeta le gustaba pulir amoroso sus versos -como lame la osa a sus crías, en comparación ya antigua- y quería una tregua para terminar definitivamente el poema.
Embarcó, por tanto, y en Atenas se encontró con Augusto que volvía de Asia.
Sabemos que estuvieron juntos, sabemos que el sol abrasador del verano de Mégara hizo que la salud del poeta se resintiera y sabemos que regresó precipitadamente a Brindis.
Murió el 20 de septiembre y su cuerpo fue trasladado a las proximidades de Nápoles, donde recibió sepultura.
Algún amigo piadoso puso en su tumba el famoso epitafio: Mantua me genuit.
Antes de partir para Grecia, y alarmado sin duda por una salud precaria, Virgilio había confiado su Eneida a dos buenos amigos, Vario Rufo y Plocio Tuca: si algo le ocurría, debían entregar ese manuscrito inacabado a las llamas. Que aún no estaba terminado el poema.