La Eneida
La Eneida arrastran los compañeros las naves y llenan la playa;
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salimos del puerto y se alejan las tierras y las ciudades.
Hay en medio del mar una tierra sagrada gratísima
a la madre de las Nereidas y a Neptuno Egeo,
que, errante por costas y playas, el piadoso arquero
la encadenó a la elevada Míconos y a Gíaros
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y la dejó inmóvil y habitada, con el poder de despreciar los vientos.
Allá vamos y ella, placidísima, agotados en su seguro puerto
nos acoge; desembarcamos y veneramos la ciudad de Apolo.
El rey Anio, rey a la vez de hombres y sacerdote de Febo,
ceñidas sus sienes con las ínfulas y el laurel sagrado,