La Eneida
La Eneida de interrogar al príncipe y conocer aventuras tan grandes.
Me alejo del puerto dejando atrás naves y playas,
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cuando por caso viandas solemnes y tristes ofrendas
ante la ciudad, en un bosque junto a las aguas de un falso Simunte,
estaba Andrómaca libando a la ceniza y a sus Manes llamaba
junto al túmulo de Héctor, que con verde hierba consagrara
vacío y dos altares, motivo de lágrimas.
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Cuando me vio llegar y a su alrededor las armas
contempló troyanas fuera de sí, aterrorizada de la extraña visión
se quedó paralizada en medio, el calor abandonó sus huesos,
desfallece y apenas dice después de un buen rato:
"¿Eres una cara de verdad, llegas a mí como nuncio verdadero,