La Eneida
La Eneida 80
la luz y al caer las estrellas invitan al sueño,
languidece solitaria en una casa vacía y se acuesta en una cama
abandonada. En su ausencia lo ve, ausente, y lo oye,
o retiene en su pecho a Ascanio abrazando la imagen
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de su padre, por si engañar puede a un amor inconfesable.
No crecen las torres comenzadas, no practica la juventud
sus armas ni preparan los puertos o los baluartes
seguros en la guerra; interrumpidos quedan los trabajos y los enormes
salientes de los muros y los andamios que llegaban al cielo.
En cuanto la querida esposa de Júpiter advirtió que aquélla
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estaba atrapada por tal enfermedad y que la fama no frenaría la locura,
se acerca a Venus la Saturnia con estas palabras: