La Eneida
La Eneida 130
amplias redes, trampas, venablos de ancha punta,
corren los jinetes masilos y el poderoso olfato de los perros.
Los principales de los púnicos junto al umbral aguardan
a la reina que se demora en el tálamo, y allí está, enjaezado
de púrpura y oro, su caballo que muerde con ímpetu el espumante freno. 135
Sale por fin rodeada de apretada compañía
y revestida de una clámide sidonia de bordada cenefa;
de oro lleva la aljaba, en oro se anudan sus cabellos
y una fíbula de oro prende su vestido de púrpura.
Y no faltan tampoco los compañeros frigios
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y el alegre Julo. Por delante de todos, más hermoso que nadie,
Eneas se le ofrece de acompañante y reúne los escuadrones.