La Eneida

La Eneida

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410

¡ímprobo Amor, a qué no obligas a los mortales pechos!

De nuevo a recurrir a las lágrimas, a intentarlo de nuevo con ruegos

y, suplicante, se ve obligada a domeñar sus ánimos ante el amor,

que no ha de dejar nada sin probar en vano la que va a morir.

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"Ana, ves cómo por toda la costa se apresuran,

de todas partes acuden; que la vela solicita ya las brisas

y hasta gozosos los marinos colocaron guirnaldas sobre sus popas.

Yo, si pude aguardar a este dolor tan grande,

también, hermana mía, podré aguantarlo. Sólo esto en mi desgracia

420

concédeme, Ana. Que sólo a ti te respetaba aquel pérfido,

y a ti te confiaba también sus secretos sentimientos;


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