La Eneida
La Eneida sólo tú conocías sus momentos mejores y su disposición.
Ve, hermana mía, y habla suplicante a un enemigo orgulloso:
no juré yo con los dánaos en Áulide la destrucción
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del pueblo troyano, ni envié contra Pérgamo mi flota,
ni he violado las cenizas de su padre Anquises, ni sus Manes.
¿Por qué no deja que lleguen mis palabras a sus duros oídos?
¿Hacia dónde corre? Que al menos dé un último presente a la amante desgraciada:
que espere una huida fácil y unos vientos propicios.
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No reclamo ya el compromiso aquel que ha traicionado,
ni que se quede sin su hermoso Lacio o abandone su reino;
pido un tiempo muerto, descanso y tregua para mi locura,