La Eneida
La Eneida Hienden los surcos a la vez, y toda se abre
la llanura agitada por los remos y los rostros tridentes.
No tanto se precipitan en la carrera de bigas al llano
corriendo ni se lanzan los carros fuera de la barrera,
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ni así hacen restallar los aurigas las riendas ondeantes
sobre los veloces caballos e inclinados hacia adelante los azotan.
Luego con el aplauso y los gritos de los hombres y los ánimos
de sus seguidores resuena todo el bosque y las playas recogidas
hacen volar la voz, y devuelven el eco los collados por el clamor sacudidos.
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Escapa antes que los demás y se desliza por las olas primeras
Gías entre la turba y los gritos; después le sigue
Cloanto, mejor con los remos, aunque el lento pino le frena