La Eneida
La Eneida 130
supieran y en torno a donde doblar la larga carrera.
Luego eligen a suertes los puestos y los propios capitanes
en sus popas brillan de oro a lo lejos y de púrpura relucientes;
los demás jóvenes se cubren con hojas de chopo
y resplandecen con los hombros desnudos untados de aceite.
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Se sientan en los bancos, atentos los brazos a los remos;
atentos aguardan la señal, y consume sus excitados
corazones un ansia pulsante y un vehemente deseo de gloria.
Luego, cuando la clara trompa lanzó la señal -no hay retraso-
todos saltaron de sus marcas; hiere el éter un clamor
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marinero y las aguas se hacen espuma por el batir de brazos.